Sesenta años de historias, sufrimientos y gloria guarda la memoria del estadio Manuel Murillo Toro, de Ibagué. La casa oficial del Deportes Tolima ha tenido más nombres que estrellas el equipo. Esta es una reseña del capítulo Los ocho estadios,una historia escrita en Vinotinto y oro, por el periodista ibaguereño Nelson Enrique Ascencio, invitado especial de nuestra página web www.clubdeportestolima.com

El Deportes Tolima debutó con derrota en el profesionalismo jugando como vistante en el estadio Pascual Guerrero frente al Boca Junior, de Cali. Ya en Ibagué, el Vinotinto y oro se estrenó en el campo de agronomía de los salecianos con victoria frente a Independiente Santa Fe. Es decir, que alcanzó a jugar cerca de siete partidos del campeonato de 1955, en canchas ajenas, antes de estrenar su máximo escenario, ubicado en la calle 37 con cuarta, en el barrio Los Mártires.

La construcción del estadio Manuel Murillo Toro fue todo un golazo que le convirtieron al Gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla. En la historia del equipo pijao aparece Humberto González Rubio, fundador del Deportes Tolima, y quien invitó al teniente coronel César Augusto Cuéllar Velandia a la cancha del Belén para observar un juego amistoso entre el Boca Juniors, de Ibagué, y el Deportes Quindío, equipo profesional de Armenia.
En aquel entonces, en el cuadro cuyabro brillaban el alero izquierdo Roberto Segundo Benitín Urruti y las estrellas del Wanderers, equipo integrado por dieciocho extranjeros, que se cambiaron de camiseta y se convirtieron en el Deportes Quindío.

El duelo se había pactado para el 19 de enero de 1955, con la visita del Quindío a Ibagué como parte de pago por los derechos deportivos de Lisandro Chalo González, quien desde ya hacía dos temporadas vestía la camiseta verde y amarilla, pero estaba en calidad de préstamo, ya que pertenecía al Boca Juniors, de Ibagué. Chalo es considerado, por muchos periodistas de antaño, el mejor jugador tolimense de todos los tiempos.
Comenzó el partido, pero también el sofocante calor que desesperó al teniente coronel, quien sufría de un eczema en el cuello. Como la cancha era al aire libre, sin graderías ni árboles para cubrirse del sol, la picazón lo desesperó y pidió unas sillas para descansar junto con sus acompañantes. Pero todos se hicieron los locos, y solo le pasaron una caja de madera donde se empacaba el jabón. Nadie le ofreció ni siquiera un taburete, porque Humberto González Ruíz le había prohibido a todos sus colaborares, atender al militar.
De pronto, al potrero ingresó, a través de un portón de madera, un lote de caballos, mulas y asnos que invadieron la cancha. La gente empezó a reírse y a gritar: cierren las puertas del estadio, cierren las puertas del estadio…. El teniente coronel pensó que era una broma de mal gusto y se enojó. Ante la rabia del mandatario, González y la directiva del Deportes Tolima se le acercaron en el momento exacto para decirle: Coronel: ¿se da cuenta de la necesidad que tenemos de construir una cancha con graderías para la comodidad de las personalidades y los hinchas que asisten a los partidos?.

Dicho y hecho. El teniente coronel, quien según él mismo contaba se había tomado nueve aguardientes, se paró envalentonado en la misma caja de jabón y les gritó, enardecido: Señores tolimenses, les juro por Dios, que les hago un estadio y un gran equipo de fútbol.
El militar, ofuscado por la incomodidad, les dio la razón a los dirigentes, y al mismo tiempo le asaltó una preocupación: ¿dónde se podía realizar la obra? De inmediato, Humberto el Pingo González, que tenía respuesta para todo, le dijo: Ya tenemos el terreno.

Resulta que la Junta Pro-Centenario había adquirido un lote de tierra donado por el hacendado Francisco Serrano de Ávila en 1950, aprovechando que Ibagué había cumplido 400 años. Aunque el mangón estaba sin construir, se hallaba en un sitio estratégico de la ciudad. El comité, presidido por don Nicolás Rivera Moncaleano (empresario automotor y dueño de una cadena de droguerías), no tenía sino siete mil pesos para invertir en el terreno baldío, ubicado en la carrera cuarta con calle 37 de Ibagué, en el barrio Los Mártires.
Incluso, al año siguiente, a partir del 28 de junio de 1951, se realizó la Gran Semana Pro-Estadio donde asistieron los deportistas más destacados de la región y en la que se jugó un amistoso entre Millonarios y Bucaramanga para recolectar fondos, pero el dinero no alcanzó para cumplir la obra y el proyecto quedó archivado durante casi cuatro años.

El alcalde le respondió que no tenía recursos para hacer una obra de tal magnitud y menos a corto plazo. Pero como el burgomaestre Cuéllar ya había comprometido su palabra, sacó dinero del presupuesto de la Gobernación del Tolima y abonó, inicialmente, diez mil pesos. El resto del capital lo consiguió con el presidente de la República, el general Gustavo Rojas Pinilla. Su cercanía al generalísimo le facilitó su objetivo: el primer mandatario le dio trescientos cincuenta mil pesos de la renta del país para que terminara la obra.
En el proyecto participaron todos los obreros del municipio y los soldados del Batallón Jaime Rook, además de las brigadas voluntarias de hinchas y desempleados. Como era una obra militar, el escenario se construyó en un tiempo récord de cincuenta y cinco días, trabajando a doble jornada.

Los habitantes de la ciudad participaron de una u otra forma en la construcción del escenario. Del barrio Belén y de la ribera del río Chipalo, trasportaron volquetas llenas de pasto para sembrarlo como grama.
José Óscar Jamardo aseguró que era como un templo. Todos lo visitábamos diariamente. Parecía un búnker por la dureza de sus muros, que solo se tumbaron con dinamita para posteriormente hacerle las reformas.
Para rendirle un homenaje al presidente de la República y quedar bien con sus superiores, el teniente coronel, y su gobierno departamental, sugirieron que el reciento fuera bautizado con el nombre de Rojas Pinilla, en honor al general. Aunque muchos no compartieron la idea, tuvieron que aceptar la propuesta porque no les quedaba ningún otro camino.

El entonces presidente Rojas Pinilla quedó en la historia de Colombia como el hombre que trajo la televisión a nuestro país en 1954, construyó el aeropuerto internacional Eldorado y diseñó la avenida 26 de Bogotá, entre muchas obras más.
El máximo coliseo de los tolimenses, con capacidad para tres mil personas, no alcanzó a estar listo para el 13 de junio, como inicialmente lo quería el burgomaestre, y solo se estrenó el miércoles 20 de julio de 1955.
Un día antes del estreno sembraron la gramilla, adecuaron los baños e instalaron los camerinos. Es decir, el estadio no fue terminado en su totalidad.

Con la presencia del general Deogracias Fonseca Espinosa, director de la Policía Nacional, y de Alfonso Senior, el presidente más laureado de Millonarios, se inauguró el estadio.
Ibagué se conmocionó. Hubo desfile de colegios, escuelas y personalidades civiles, militares y eclesiásticas. La ciudad se enorgulleció y la inauguración se convirtió en noticia nacional. Este mismo día se promovió el primer encuentro intercolegial y se disputó la primera clásica departamental de ciclismo. Directivos y autoridades de Bogotá y Cali también asistieron al estreno.

Desde aquella época, el estadio y el equipo forman parte del patrimonio sentimental de los tolimenses, así como el conservatorio de música, el nevado y el bunde. Imponente inauguración del estadio de Ibagué, tituló El Tiempo.
Pero la dicha no fue completa. A la 3:45 p. m. el Deportes Tolima y el Boca Juniors se enfrentaron por segunda en aquella temporada, esta vez ante tres mil testigos. El pueblo tolimense esperaba la revancha por la derrota en el primer juego del campeonato en Cali, pero de nuevo el Vinotinto y oro cayó 3 goles a 2. Las anotaciones del onceno local fueron convertidas por Guillermo Galavís, mientras que los vallunos anotaron a través de Rengifo y William, en dos ocasiones.

Tolima formó con: Gandulfo, Ferrari, Carrol González, Pacheco, Rivas, Jamardo, Caraña González, Galavís, Colombo, Coll y Emilio Alzate.
Boca Juniors tuvo en su formación inicialista a: Martínez, Palomino, Chávez, Ramírez, Candal, Canino Caicedo, Panesso, Crespo, Rengifo, Quijano y William.

Dentro de las curiosidades de la obra, producto de la misma rapidez con que se construyó, a los ingenieros se les olvidó sacar el buldócer del escenario. Como no había pista atlética, quedó atrapado, y el partido debió jugarse con la maquina adentro. Por eso, al día siguiente tuvieron que dinamitar el muro del costado norte para sacar el aparato, quedando, de paso, diseñada la puerta de maratón que hoy existe.

Dos años después, el recinto sufrió el primer cambio de nombre. Debido al derrocamiento del general Gustavo Rojas Pinilla como presidente militar de Colombia, hubo manifestaciones de alegría y euforia en Ibagué. Los habitantes marcharon hacia el estadio para celebrar la caída del dictador, y con lazos atados a los camiones arrancaron la placa del recinto donde figuraba el nombre del general, arrojándola a la acequia de Mirolindo, una quebrada que pasa junto al coloso del Tolima.

Pero como no fue un acto oficial, el nombre no duró mucho tiempo. Por eso no fue muy conocido en el país. Entonces, el Concejo municipal consideró que había que darle un nombre más histórico, y por votación decidieron bautizarlo por tercera ocasión. Como el general Rojas Pinilla le había entregado el poder a una junta militar el 10 de mayo de 1957, los políticos locales acordaron darle el nombre de la fecha en la que había caído el generalísimo: Estadio 10 de mayo.

El estadio tuvo iluminación desde un comienzo a través de unas poderosas plantas eléctricas, pero después el doctor Darío Echandía, expresidente de Colombia y exgobernador del departamento del Tolima, se las llevó para Chaparral, su tierra natal. Con la excusa de que el bien común prima sobre el particular, el mandatario iluminó su pueblo y dejó a oscuras el coliseo deportivo. Ya con el tiempo, el escenario deportivo contó con sus propias torres de iluminación.

A comienzos de la década del sesenta, otro concejal amante del fútbol propuso ante la mesa directiva de la corporación cambiar por cuarta vez el nombre del estadio. Con argumentos válidos logró convencer a sus compañeros para que lo apoyaran en la moción de oficializar el Serrano de Ávila como nombre del estadio, en gratitud al hacendado que donó parte de las hectáreas de tierra donde se pusieron los primeros adobes. Sin embargo, no hay registros de prensa o documentos oficiales que sustenten esta teoría.

Prácticamente, los nombres del recinto han estado relacionados con las peleas de los políticos de turno. Cada uno ha tenido su propia visión, y por hacerse célebres han utilizado el deporte para poder figurar. Como Olímpico de Pacandé, también fue bautizado el coliseo de la 37, para destacar el cerro más famoso del departamento, a donde domingo a domingo escalan los ibaguereños con el pretexto de ir a pasear.
Incluso, fue designado simplemente como estadio Municipal, mientras le ponían punto final a la polémica regional. Sin embargo, estos nombres no se oficializaron debidamente.

Para los Juegos Deportivos Nacionales de 1970, que realizó la ciudad de Ibagué, el estadio sufrió la primera gran modificación. El escenario fue ampliado para dieciocho mil espectadores, y se construyeron los dos túneles para la salida de los equipos, que van desde cada camerino hasta la parte posterior de cada uno de los arcos, siendo el primer estadio de Colombia con esta modalidad para evitar el contacto directo con el público de las tribunas norte y sur. Al comienzo se inundaban cada vez que llovía con intensidad, pero después lograron corregir las fallas estructurales.

En 1978 una nueva generación de concejales consideró que el estadio de Ibagué debía llevar el nombre del patrono de la ciudad, San Bonifacio, y así se le llamó por algún tiempo.
Pero durante esta década, Tolima no conseguía sino fracasos deportivos. El equipo ocupaba los últimos lugares de la tabla, no había dinero para cumplirles a los jugadores y prácticamente era la cenicienta del torneo. Entonces, el pueblo tolimense, amante de las cábalas y creencias supersticiosas, empezó a decir que el Tolima no ganaba porque el estadio tenía el mismo nombre del cementerio de Ibagué. Estadio y cementerio se llamaban San Bonifacio, y lo peor de la historia es que las estadísticas respaldaban las sospechas de la hinchada. Ambos están ubicados a diez cuadras de distancia, el uno del otro.

Por tal motivo, bajo la administración de Gabriel Camargo, el nombre del estadio sufrió una nueva modificación. Esta vez fueron un poco más sensatos, y el Gobierno de Ibagué le dio el nombre de Manuel Murillo Toro, en reconocimiento al expresidente de Colombia, hijo de la tierra tolimense, nacido en Chaparral, y quien gobernó nuestra patria desde 1864 hasta 1866, con segundo mandato entre 1872 y 1874.

Aunque el estadio nunca tuvo malla de separación entre las tribunas y el terreno de juego, la hinchada siempre se distinguió por su cortesía y civismo con árbitros y equipos visitantes. Sin embargo, con el paso del tiempo, los malos ejemplos de las barras bravas fueron copiados por un pequeño sector del público. Ante la violencia y las exigencias de la CONMEBOL (Confederación Sudamericana de Fútbol), el estadio tuvo que ser enmallado para que el equipo pudiera participar en la Copa Libertadores de América a finales de la década del ochenta.
Gabriel Camargo, en su época de senador de la República, logró que COLDEPORTES destinara una partida económica para la ampliación y refacción del estadio, pero el entonces alcalde, Jorge Tulio Rodríguez, dejó vencer los plazos estipulados para reclamar los aportes y se perdió el auxilio.
La idea de Camargo fue la de dejarle al departamento un estadio con capacidad para 42.000 espectadores, con suites de lujo y graderías con silletería incluida.

En 2004 se instaló el tablero electrónico para la participación del Deportes Tolima en la Copa Libertadores de América, pero misteriosamente dejó de funcionar. Por eso, la firma que lo instaló entró en un litigio judicial.
Luego se logró ampliar la tribuna norte a través de la empresa Asevinal Ltda., inaugurando las nuevas graderías el 26 de diciembre de 2011, bajo el mandato del alcalde Jesús María Botero. Allí se instalaron las oficinas del Departamento de Bomberos, el Comando de Policía y la enfermería.
También se trabajó en la tribuna para darle mayor capacidad al máximo escenario de la capital tolimense, quedando con un aforo para treinta y seis mil personas.
En estos sesenta años, la estructura del estadio ha sufrido nueve modificaciones, con la idea de volverlo más internacional y acoger a las normas que estipula la CONMEBOL.

Sin embargo, el deterioro, debido a la falta de mantenimiento, hizo que el campo de juego fuera considerado uno de los peores del país. Las críticas y las quejas aparecieron entre los mismos jugadores del Vinotinto y oro, y sus rivales. En un estudio realizado el 13 de octubre de 2011 por la Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria (Corpoica), se encontró que el césped del Manuel Murillo Toro tenía un injerto de tres tipos diferentes de grama: Pasto Bahía (técnicamente conocido como Paspalum notatum), Axonopus (compressus o grama brasileña), y Eleusine (también descrito como capín, considerado un pasto maleza). Por eso, el terreno de juego es totalmente disparejo y disfuncional. Además, los baños no funcionan, los camerinos eran anticuados y no había sala de prensa.

Con motivo de los Juegos Deportivos Nacionales en Ibagué, el Manuel Murillo Toro fue programado para ser reconstruído casi en su totalidad. El proyecto de ampliación contempló la sustitución de la grama y la ampliación de las medidas del campo de juego, acordes con las normas establecidas por la FIFA. También se instaló la silletería en las tribunas occidental y oriental, además de la construcción de los camerinos y del túnel para la salida de los equipos por el centro de la tribuna de preferencia, al mejor estilo de los estadios que han recibido la Copa Mundo en la última década.

En este escenario, el Deportes Tolima ha protagonizado los momentos más vibrantes de su historia, pero también los años más sufridos por equipo alguno.

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