Tenía siete años, una camiseta a rayas de LEONA que me daba a las rodillas y un corazón que quería salirse de mi pecho; una pañoleta amarrada a la cabeza, pantaloneta vinotinto y medias amarillas. Mi padre sostenía mi mano y eso era señal de que solo cosas buenas estaban por suceder.

Pocos recuerdos tienen tanto espacio en mi mente y mi alma como la primera vez que mi papá me trajo al que con el tiempo se convertiría en uno de mis lugares favoritos en el mundo: el Manuel Murillo Toro.

Era la primera vez que veía el inmenso tapete de grama perfectamente demarcado por las líneas de cal, las banderas ondeándose con alegría en las tribunas, y a la Revolución cantando verdaderos poemas de amor a la tierra que compartimos.

Ya empezado el partido, a nuestro lado se sentó un anciano que venía armado de radio, gorra y cojín para hacerle frente al sol de las 3:30 de la tarde, que no quería perderse ningún detalle del juego y se ponía frente a nosotros, como un espectador más.

No pasaron más de un par de minutos y algunas gambetas cuando el hombre se inclinó y mirando a mi padre, me susurró: ‘piénselo bien. Aún está a tiempo de no dejarse enamorar’. Mi padre, en total silencio, esbozó una sonrisa. Él había entendido, pero yo no. Entonces el anciano fue más allá: ‘ser hincha de este equipo es muy duro. Se sufre mucho y se gana poco’

Justo en ese momento me llevé las manos a la cabeza: América había marcado el primer gol. Un par de segundos después estaba uniéndome al coro de miles que aunque Tolima iba abajo en el marcador gritaban con orgullo el nombre de la tierra y animaban a los jugadores a ir al frente. Mi papá y el señor de los consejos se miraron. Ya era demasiado tarde.

Han pasado más de quince años desde aquella tarde, y las palabras de aquel hombre se han cumplido casi al pie de la letra. El sol muchas veces se ha convertido en lluvia, y la lluvia en lágrimas. El regreso a casa ha sido en silencio y cabizbajo. Pero todas esas escenas solo han logrado que el amor que hay en mi pecho, y seguramente que se alojaba también en el corazón de ese señor, siga creciendo.

Cuando el Tolima salta a la cancha veo más que un equipo de fútbol. Veo salir del camerino un pueblo valiente, que no se ha dejado eclipsar de las grandes regiones del país, así haya tenido todo siempre en contra. Veo correr hacia el centro del campo a mi familia, mis amigos de la infancia. A mí mismo.

Algo que se lleva en la sangre, en la mirada. Algo que día a día viaja con nosotros a donde quiera que vayamos. Algo a lo que simplemente no se puede renunciar. Es uno de los amores más puros y genuinos con los que me he topado en la vida.

Un amor que al final, para quienes siempre han estado allí, termina siendo también una fuente de alegría. Mi abuelo vio al Tolima subcampeón de 1957; mi papá lo vio semifinalista de Copa Libertadores. Y yo, yo vi al Tolima ser campeón de la Liga en 2003, lo vi recibir al mítico River Plate en casa, eliminar al poderoso Corinthians de la Copa Libertadores, golear a Banfield de Argentina, ganarle la Copa en Bogotá a Santa Fe. Yo vi a Tolima ganarle 4-1 al América la primera vez que vine al estadio.

Hoy, vuelvo al Murillo Toro con la misma ilusión del niño de la camiseta de LEONA. Apretando la mano de mi hermano menor, como mi papá apretaba la mía ese día. Vengo susurrando las canciones que aprendí en estas graderías y con un solo anhelo en el corazón: verte campeón. Es tiempo de volver a ponernos en lo más alto. Es justo y necesario. Pero pase lo que pase, te seguiremos amando.

Julian Capera.

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