Es difícil, muy difícil, que alguien que ha pasado más de la mitad de su vida en el mundo del fútbol cuando llegue el momento de su retiro activo pueda dejar de ser, de la noche a la mañana, lo que ha sido durante tantos años.

No he conocido, hasta ahora, a ningún futbolista que diga que se fue del todo y para siempre del deporte que le dio todo en la vida. El fútbol despierta y combina una serie de pasiones, inexplicables en muchos de los casos, que convierte a quienes han tenido el privilegio de jugarlo, en eternos enamorados del deporte más bello de mundo.

Diego Gómez no es la excepción de lo que parece ser la regla. El guardameta vallecaucano, quien llegó al América de Cali con tan sólo 12 años de edad, tras su recordado paso por el conjunto ‘Escarlata’, el Deportivo Independiente Medellín, Cortuluá, Pasto, Quindío y el Deportes Tolima, se dedica hoy a formar jugadores en Cali, una manera de trasmitir las experiencias recogidas a lo largo de más de 18 años de carrera deportiva.

Los primeros cuatro años en el América Gómez actuó como lateral izquierdo y por cosas de la vida, dice el golero caleño, tuvo que jugar como arquero en la semifinal de un torneo de divisiones menores, en el que salió erigido como la figura del juego al definir el paso a la final desde los tiros desde el punto penal atajando dos de los cobros del rival.

De ahí en adelante, al ver sus condiciones naturales bajo los tres palos, se quedó como golero. Ante la falta de entrenadores de arqueros, algo que en la época no se estilaba, sus maestros fueron Julio César Falcioni, Lorenzo Carrabs y Alberto Vivalda, entre otros, los arqueros que brillaron en los años 80 en Colombia y a los que Gómez no les perdía movimiento cada vez que iba al Pascual Guerrero.

Su hermano Julio César, también arquero y por entonces el titular del conjunto americano, se convirtió en su tutor, enseñándole algunos secretos del puesto de mayor responsabilidad en un equipo.

Pero sería el gran Pedro Antonio Zape el que a su retiro del fútbol activo, terminaría de formar a Gómez en los secretos y complejidades del puesto.

“Pedro me enseñó muchas cosas, él comenzó a hablarme, a trabajar mucho en los secretos y rigores del puesto, es ahí cuando voy sintiendo más ganas y deseos de quedarme en el arco; siempre tuve una visión desde entonces y era ser como Pedro y conseguir cosas importantes y dejar un nombre en el fútbol”, comenta Gómez desde la Sultana del Valle con la satisfacción de haberlo logrado.

Sin embargo su debut en el balompié nacional no fue como arquero si no como lateral izquierdo. El entonces técnico americano Francisco ‘Pacho’ Maturana, ante la lesión de Antonio ‘Jamundí’ Moreno, otro ex Deportes Tolima, decide poner en el puesto a Gómez, como alternativa, nada más y nada menos que ante el Deportivo Cali, en una edición más del legendario clásico del Valle del Cauca. Corría el año 1992.

“A los 19 minutos me acuerdo tanto expulsaron a Wilmer Cabrera, cuando pasó eso yo sentí todas las miradas sobre mí y ‘El Palomo’ Usurriaga que estaba conmigo en el banco me dice: ‘Chiquilín dale amárrate los guayos que vas a entrar’, yo no le creí hasta que ‘Pacho’ me llamó”, recuerda entre sonrisas el arquero vallecaucano, que ese día salió elegido como la figura del compromiso y ese año campeón del rentado nacional.

Para entonces, y visto ahora en retrospectiva, el privilegio de haber tenido técnicos de la categoría de ‘Pacho’ Maturana, y a compañeros de equipo como Alexis Mendoza, Wilmar Cabrera, Antonio Moreno, Néstor Fabri, Leonel Álvarez, Fredy Rincón, Alex Escobar, Bernardo Redín, y ‘El Palomo’ Usurriaga, entre otros, fueron determinantes en la carrera de Diego Gómez, quien escuchaba a éstos grandes del balompié para sumar a su carrera no sólo secretos del fútbol sino también de la vida para ser un mejor ser humano.

Tras su debut con América Diego Gómez es enviado a préstamo al Cortuluá, equipo con el que tras una excelente campaña logra el ascenso a Primera División en 1993. Al año siguiente vuelve al América y con ‘Los Diablos Rojos’ está de manera intermitente hasta la salida de Oscar Córdoba a Boca Juniors cuando el arquero caleño se queda con el puesto durante cinco temporadas, en las que disputó cinco finales ganado la de 1996 y 1997, más la Copa Merconorte en 1999.

En el año 2000 va al Deportivo Pasto y con el equipo que se armó logran salvar la categoría. Las opciones, tras la salida del conjunto pastuso y antes de ir al ‘Poderoso de la Montaña’ fueron para ir al Deportivo Cali y a Nacional, pero América no llega a un acuerdo con éstos clubes y finalmente viaja a México para jugar en Toros Neza, donde el técnico era el ex arquero boliviano Carlos Truco.

A su regreso a Colombia América lo deja a préstamos al Deportivo Independiente Medellín y ese año ambos equipos disputan la final que a la postre ganaría América bajo las ordenes del técnico Jaime De la Pava.

Tras su paso por el DIM Gómez recala en el Vinotinto y Oro. Durante el primer semestre no actúa, el nivel de Eddy Villarraga era superior y no juega ese torneo. El timonel para ese campeonato era el antioqueño Luis Fernando Suárez. Al terminar el campeonato América lo envía una vez más al Cortuluá. Con el equipo ‘Corazón del Valle’ actúa durante el 2002 y tras la llegada del ‘Chiqui’ García al Tolima el técnico bogotano le llama para unirse al grupo que a la postre le daría, hasta ahora, la única estrella al Vinotinto y Oro.

Al principio le costó tomar la titularidad. Luis Augusto ‘El Chiqui’ García, el técnico, tras la partida de Suárez, al ver que el rendimiento de Villarraga y de Gómez no era el mejor trae al arquero uruguayo Mauricio Vigo. Tiempos difíciles para el arquero vallecaucano.

“Al principio alternábamos la titularidad con Eddy (Villarraga) la verdad nuestro nivel no era el mejor y el profe trajo al arquero uruguayo Mauricio Vigo y me acuerdo que en un partido ante América en Cali metieron al uruguayo lo que me dolió mucho; eso me hizo tocar mi corazón y reflexionar”, recuerda Gómez, que tras pensarlo bien redobló esfuerzos para alcanzar el nivel que a la postre lo llevaría una vez más a la titular del equipo campeón de aquel año.

“Ese fue un grupo que tuvo mucho sacrificio, teníamos un gran equipo, de a poco fuimos creyendo en el proyecto, ahí cada uno puso un grano de arena para alcanzar ese objetivo, en lo personal me llené de confianza para darle seguridad a mi defensa”, relata Gómez.

En la tanda de penales el guardameta vallecaucano fue definitivo. Su experiencia y oficio como portero y el conocimiento que tenía para el momento de los cobradores del Deportivo Cali inclinaron la balanza a favor del equipo Pijao, que aquella tarde del 21 de diciembre sirvió para que el escudo Vinotinto y Oro fuera coronado por una estrella.

Diego Gómez (1)

“Conocía a la mayoría de cobradores, con Mayer (Cándelo) había jugado en Cortuluá y también con Milton Rodríguez, con Leider Preciado había compartido en selección Colombia, a Gerardo Bedoya más o menos lo conocía, y aparte de conocerlos siempre veía el video, los goles en los noticieros y mirando uno va a aprendiendo, eso me ayudó mucho, más la seguridad y la tranquilidad que tuve esa tarde”, recuerda Gómez con la certeza de haber dejado el alma para la consecución de esa estrella.

Gómez juega la Copa Libertadores de 2004 con el equipo Pijao y al término de esa temporada, que marca la salida de Luis Augusto ‘El Chiqui’ García y la llegada de Miguel Augusto ‘El Nano’ Prince, el golero caleño se rompe el talón de Aquiles en una lesión que lo margina de la competencia seis meses.

Tras su recuperación regresa al equipo tolimense, cuando el conjunto de Ibagué era dirigido por el técnico tolimense Jorge Luis Bernal, y bajo su mando disputa la final de 2006 ante el Cúcuta Deportivo, a la postre campeón aquel año.

Disputada aquella final Diego Gómez va al Deportivo Pasto por segunda vez en su carrera pero los problemas con el técnico Álvaro Jesús Gómez lo obligan a dar un paso al costado y regresa a su casa el América de Cali para trabajar como entrenador de arqueros de las divisiones menores y pese a estar lejos de la competencia vuelve a las canchas ésta vez con el Quindío de donde se retira definitivamente en el año 2010.

“A mí me dio muy duro irme del fútbol, no podía creer que por un gol que te hagan te amenacen tus hijos, tu familia, y eso me hizo tomar la decisión de dejar el fútbol, fue algo obligado, fue muy duro, pero los primeros meses fueron complicados, no aceptaba que el fútbol ya me había dejado”, relata el golero, vallecaucano, que no se fue del fútbol activo sin vestir la gloriosa tricolor con la selección nacional en repetidas ocasiones y convocatorias, como en la Copa Oro de 2003.

Para ese tiempo y en todos los más complicados el apoyo incondicional de su familia ha sido determinante para que Diego Gómez haya podido seguir adelante compartiendo sus experiencias en el fútbol, ese deporte tan parecido a la vida. Ahí están su esposa Deysi García y sus hijos Daniela, Diego Fernando, Valentina, Stephanie y María José, la menor, su madre Celia Hurtado, pilar y fortaleza en cada paso de la vida y su padre Julio César Gómez Poso. Su hermano Julio César y sus hermanas Marisol, Johana, Andrea completan el álbum familiar de Diego Gómez, arquero de palo a palo como se decía antes y el hombre de la estrella de 2003 que se quedó para siempre en la historia del Vinotinto y Oro y su afición.

 

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